jueves, 21 de septiembre de 2017

Nuestros pequeños actos de corrupción

dinero.com, | 2017/09/20


Resultado de imagen para FOTOS COLUMNISTA JUAN MANUEL PARRA

Basta con observar alrededor de su casa o de camino al trabajo para descubrir por qué nadamos en corrupción. Entre el conductor que no espera en fila y acelera en contravía porque no se aguanta el trancón y el que se cuela en Transmilenio, ¿por qué debemos extrañarnos de que, sin ser fieles en “lo poco”, después seamos mejores en “lo mucho”?

La permanente cobertura periodística sobre la corrupción rampante del país genera una sensación de agobio, impotencia, tristeza o simple ira. Parece que es verdaderamente poco lo que podemos hacer frente a un problema que ha llegado a tal escala. Y parece más difícil de resolver, en la medida en que toca los más elevados organismos del Estado, se perpetúa en el tiempo sin soluciones evidentes y permea a todas las capas de la sociedad, sin que importe la región, la clase social, el nivel educativo, el tipo de cargo o de organización, la función, el origen personal o la capacidad económica de quien se corrompe. Esta enfermedad se contagia sin consideraciones a todos y en todas partes. Pero, mientras nos aterramos de lo que hacen los demás y nos quejamos de la poca acción de las autoridades, ¿cuál debe ser entonces “el primer paso”?
Ese actuar injusto y desordenado comienza por nuestros propios actos de corrupción que justificamos mentalmente, defendemos frente a los demás e incluso, quizá sin quererlo, promovemos que sean copiados por otros. Y en el día a día seguro usted los ha visto pero desafortunadamente se nos volvió paisaje.
No estoy hablando de temas de personalidad ni de nuestros defectos tan humanos y por eso tan excusables, sino de actos que abiertamente están contra las mínimas normas de convivencia social, esas que vemos alrededor de la casa o rumbo al trabajo. En efecto, nadamos en corrupción. ¿Será porque quizá nosotros mismos somos un poquito corruptos o demasiado tolerantes frente a la mala conducta propia o ajena?, o ¿nos hemos acostumbrado a ser cómplices de tanta pequeña corrupción en nuestra vida ordinaria?

Miremos varios ejemplos. Una persona me contó sobre la consulta que le hizo a una vecina acerca del pago de parafiscales y montos de liquidación a su empleada doméstica alrededor de ciertos cambios en los cálculos que deben hacerse por orden del Gobierno. La consulta era sólo para saber el tema técnico, dado que hacía unos meses había cambiado de empleada. La sorpresa vino cuando la vecina le respondió que ella, a la anterior, no le había pagado liquidación porque ya le pagaba mucho (el salario mínimo legal) a alguien a quien le daba la comida en la casa y que tampoco hacía el trabajo suficientemente bien. Ahora, con el nuevo decreto, debía pensar de nuevo en la liquidación de la empleada actual, pero estaba buscando cómo hacer para reducirla porque le parecía que “eso era mucha plata”.
Yendo hacia el aeropuerto, pasé por la sucesión de estaciones de Transmilenio en la autopista norte. En una estación cercana a la 170, el conductor del vehículo que me llevaba, que iba por el tercer carril (que se supone es el rápido) debió disminuir la velocidad junto con los autos vecinos, para que terminara de cruzar la calle un joven de unos 20 años que iba a colarse en Transmilenio. Este se subió por una de las puertas, las cuales estaban abiertas de par en par, porque una gran cantidad de gente estaba atiborrada en el borde. Lo dejaron subir, mientras dos personas estaban deteniendo el cierre de la puerta con el pie, para poderse subir de primeros al bus. Tal vez la mayoría de puertas no cierran como consecuencia de esta conducta de los pasajeros. Al fin y al cabo, ¿para qué lo van a cuidar si el precio del pasaje fue fijado por decreto, está muy caro, el servicio no es tan bueno y toca ir parado? Eso también es mucha plata.
Fui una tarde de sábado con mis hijos pequeños a comprar un postre a cuatro cuadras de mi casa. En el camino debo cruzar una vía donde es común encontrar trancón en las calles de doble vía en cualquiera de los dos sentidos. Cruzando la calle, casi nos estrellan dos veces: primero, una moto que zigzagueaba a toda velocidad entre los vehículos parados y luego una camioneta que aceleró a toda velocidad en contravía, en lugar de esperar en la misma fila que los demás. Al fin y al cabo, seguro pensó que primaba su afán, no había policía ordenando el tráfico y en estas vías tan pequeñas no se puede transitar. A mi regreso, había un trancón similar una calle más arriba, pero esta vez porque un taxista y un Twingo se metieron en contravía por el carril de bajada para ganar espacios en la fila que subía. Detrás de ellos se sumaron otros cinco carros más, que decidieron hacer la misma maniobra, porque quizá asumen que son más vivos y seguramente porque es más eficiente para ellos salir del atasco en un tiempo razonable. Y, por supuesto, el tiempo es dinero.
A pesar de lo que digan los numerosos decretos en beneficio del medio ambiente, a diario toca ir detrás de vehículos que parecen chimeneas ambulantes. Debemos hacerlo con las ventanas cerradas, quizá pensando en cómo logró sacar la licencia de operación ese bus, cómo no lo para la policía, cómo no lo chatarrizan o arreglan, cuando todos los demás debemos presentar vigente la revisión técnico mecánica. Pero es entendible: el dueño pensará que arreglarlo es mal negocio, cuesta mucha plata y la situación está muy difícil.

El lector dirá que todo eso que es tan frecuente es lo normal y se nos volvió paisaje. Pero es un cáncer social, una pandemia eternamente justificada y validada por nuestros propios afanes e intereses. Y como aquí nunca le pasa nada a quien rompe las mínimas reglas de convivencia en sociedad, Pirry y los comerciales de hace unos años sobre cómo usar nuestra “Inteligencia Vial” para prevenir accidentes, tenían toda la razón: nos seguimos justificando de nuestra conducta y pensando siempre que son los demás. Necesitamos una cura que parta de cada uno.

Reflexiones al tema pensiones

miércoles, 20 de septiembre de 2017

La ética renace o el país se derrumba..

Fernando Carrillo Flórez

No obstante las noticias de la paz, Colombia navega en un mar de escepticismo y pesimismo.
No obstante las noticias de la paz, Colombia navega en un mar de escepticismo, incertidumbre y pesimismo. De un momento a otro, la confianza se evaporó y Colombia quedó postrada en el diván, pensando en qué momento se dio la metamorfosis que convirtió al país más feliz del mundo en víctima de una metástasis de sombras y frustraciones por culpa de una bancarrota ética epidémica.


Muchos se preguntan si habrá futuro, sin atreverse a preguntar lo que sucedió en el pasado. Los grandes males que hoy nos aquejan, estos sentimientos encontrados que alborotan el alma nacional, no nacieron ayer, sino que han estado ahí por décadas.

Para entender el origen del actual estado de incertidumbre, he reiterado que el humo de la guerra no dejaba ver la corrupción, que hoy irrumpe como una tragedia ética que estremece los cimientos de la nación y nos obliga a preguntarnos: ¿qué nos sucedió y cómo salir unidos del atolladero?


No hay que ser un chamán para entender que la crisis que hoy nos afecta surgió cuando la ética pública se desvaneció y dejó de ser esencial para formar nuevos ciudadanos: honestos, educados; dispuestos a hacer respetar la Constitución, fortalecer la democracia y promover la convivencia.

La ética pública se perdió cuando la gente prefirió resolver sus problemas usando la fuerza, obligados por la ausencia del Estado y la invisibilidad de la justicia, y ser pillo dio estatus. Cuando se multiplicaron por millones las víctimas, ante la impasibilidad de quienes debieron ser solidarios con ellas.

En los últimos años, los modelos de ciudadanía fueron cambiados por estereotipos de los nuevos ricos, que irrumpieron con sus impunidades y sus chequeras. La política se entregó al mejor postor, la deliberación pública fue tomada por las barras bravas de la política, la justicia fue permeada por los negociantes de expedientes, los órganos de control fueron neveras donde hibernó el imperio de la ley. Los medios no pudieron contener la posverdad, que hizo de la mentira una noticia creíble. La fe se pervirtió y el dinero fue el nuevo Dios de muchos.

Colombia ha vivido muchas guerras en las últimas décadas para ganar la paz. Hoy vive la más importante de sus batallas. Esta vez, contra los corruptos, que han promovido los antivalores que han pervertido la política y convertido la justicia en un trueque de favores; la iniciativa privada, en una feria de coimas; la democracia, en una nave que cruza tormentas azuzadas por el populismo; y la educación y la salud, en botín de los más avivatos. La corrupción es además una amenaza letal a la reconciliación.

Detrás de todo se encuentra lo que Walzer describe como un dilema ético central de la vida política: si alguien puede triunfar en ella sin ensuciarse las manos. O cómo ser buenos políticos sin convertirse en una mala caricatura de Maquiavelo, en busca del poder a cualquier precio.

La ética pública aparece como la tabla salvadora. El país, sin embargo, de manera mágica no va a amanecer un día convertido en un oasis de transparencia. Pero hay que despertarse todas las mañanas decididos a intentarlo. La lucha contra la corrupción no la ganarán superhéroes, sino ciudadanos que comiencen a ganar las pequeñas batallas diarias contra vicios que ya parecen virtudes.

Una tarea impostergable fundada en liderazgos capaces de inspirar a las nuevas generaciones. Una invitación a cumplir la Constitución es el primer mandamiento de esa cruzada.

La ética no es cuestión de matemáticas, pero multiplicar sus valores es cuestión de suma cero. Debe comenzar a imponerse una exigencia de pudor en el accionar de lo público. Esa es la invitación que hacemos a la ciudadanía. Menos carreta y más ética es el reclamo que debemos liderar. Porque la ética pública renace, o el país se derrumba en nuestras propias manos.

FERNANDO CARRILLO FLÓREZ
Procurador General de la Nación

Reflexiones al tema pensiones

lunes, 18 de septiembre de 2017

Póngale la firma: los partidos políticos están en crisis

Por: Fernando Cepeda Ulloa


Inscripción de candidatos por firmas
Aunque el sistema democrático se reforma, la pérdida de credibilidad en ellos se acentúa.

La literatura sobre los partidos políticos los presenta como una institución indispensable para el funcionamiento del sistema democrático, cuya tarea esencial consiste en identificar los problemas nacionales; encontrar soluciones; articular los intereses que representan otras organizaciones de la sociedad, y canalizar así un conjunto de aspiraciones de un sector de la población, para obtener en el proceso electoral un apoyo que permita constituir un gobierno que las traduzca en políticas públicas.

Esta concepción puede parecer idealista, pero ha funcionado en la práctica, tanto en países desarrollados como en Colombia. Para bien o para mal, liberales y conservadores son responsables por la Colombia de los siglos XIX y XX, hasta 1991.


Desde entonces, el bipartidismo que nos había caracterizado –a pesar del ‘faccionalismo’ que siempre afectó a estas fuerzas políticas– cedió ante un nuevo sistema de partidos, que llegó a estar conformado por más de 60 agrupaciones. Durante los últimos tres lustros hemos realizado varias reformas constitucionales y legales para lidiar con un fenómeno que ha demostrado ser muy difícil de manejar.

De manera paradójica, los partidos comenzaron a debilitarse precisamente a partir de su regulación legal, que se inició durante el gobierno de Belisario Betancur (1982-1986). Vino después la Constitución de 1991 con sus intensos prejuicios contra el bipartidismo, que nos llevaron a un multipartidismo alocado y luego a uno con cerca de diez partidos, aunque en la práctica lo que tenemos en ocasiones es un bipartidismo disfrazado de multipartidismo.


El gobierno Santos
Durante la administración del presidente Juan Manuel Santos, lo que ha habido, por lo menos en el Congreso de la República, es un sistema bipartidista integrado por una coalición de gobierno (agrupada en la Mesa de Unidad Nacional) y unos grupos impotentes de oposición. Esa situación cambió en el 2014 con la presencia activa y disciplinada del Centro Democrático, dirigido por el expresidente Álvaro Uribe, que ha mantenido una línea coherente de oposición al Gobierno, que, aunque con alzas y bajas, ha controlado las mayorías legislativas.

Al comienzo, el gobierno Santos tuvo en el Congreso apoyos superiores al 80 por ciento de los votos. Ya no es así. Uno de los datos más significativos sobre la nueva situación fue el de la elección de Diana Fajardo como magistrada de la Corte Constitucional. Ganó por 48 votos contra 43. Así se puso en evidencia que en un caso en el cual el Gobierno se la jugó a fondo no logró las mayorías que lo caracterizaron en sus inicios. Y así ha ocurrido con la aprobación de algunas leyes de gran importancia.

No es fácil mantener una coalición multipartidista durante ocho años. La coalición ha sido exitosa y gracias a ella se lograron la reelección del presidente Santos y la eliminación de la reelección, así como la refrendación del acuerdo de paz con las Farc y de una buena parte de las leyes para su desarrollo. No es probable que la nueva legislatura, que se inauguró el 20 de julio, y las que le siguen tengan un comportamiento similar.

Pero lo más llamativo de esta coalición de gobierno es su situación actual. Hay cuatro partidos que han tenido un papel clave durante estos siete años: ‘la U’, que se supone es el partido del gobierno; el Liberal, Cambio Radical y, con matices, el Conservador.También ha estado la Alianza Verde y, para apoyar la búsqueda de la paz, todos los demás partidos, con excepción del Centro Democrático.


Hay algo común en todas las encuestas: el descrédito de la política, De los políticos, de las Autoridades  de las instituciones     
Se dice que los partidos de la coalición han comenzado a percibir el desgaste del gobierno y que este los está afectando, sobre todo en cuanto a las posibilidades de reelección de los congresistas que pertenecen a ella. Por eso el debate político en este momento gira mucho en torno de una eventual ley que permita el transfuguismo, es decir, la posibilidad de que los congresistas puedan cambiar de partido político para ser reelegidos en los próximos comicios. No es la primera vez que se busca realizar esta práctica por la vía legal y esto puede ser consecuencia de una regulación excesiva de los partidos, que lleva a este tipo de argucias, las cuales no favorecen el prestigio de la clase política.

La situación es de incertidumbre. Se sabe que en todo proceso electoral la hay en mayor o menor grado, pero es inevitable reconocer que estamos ante una contienda por la Presidencia de la República y por el Congreso que supera en materia de incertidumbre a casi todas las que hemos conocido. Las encuestas varían en cuanto a la favorabilidad hacia algunos posibles candidatos, varios de los cuales no tienen una identificación de corte partidista, y en cuanto a la intención de voto por las distintas fuerzas políticas.

Con todo, hay algo común en todas las encuestas: el descrédito de la política, de los políticos, de las autoridades y de las instituciones. Rara vez hubo tanta incredulidad, tanta desconfianza, tanto desencanto. Y a ello se suma un pesimismo inexplicable para muchos.

Una tendencia mundial
Si este es el escenario en el cual se desarrolla el debate electoral del 2018, no debe sorprender que personas que han tenido una amplia exposición mediática durante más de 25 años (o que han tenido mucha recientemente) aparezcan en las encuestas con niveles bajísimos de intención de voto.

La reacción casi obvia ante esta situación es pensar que las encuestas están arregladas, mal elaboradas, que sus metodologías son deficientes, etcétera. Pero la verdad es que el desencanto que caracteriza hoy la vida política colombiana se ve reforzado por lo que ha pasado o está pasando en países como España, Estados Unidos, Gran Bretaña, Francia e Italia, y en naciones más cercanas, como México, las centroamericanas, Venezuela o Brasil.

No estamos viviendo una época dorada de la política ni de los políticos, y un caso como el de Francia produce un efecto desesperado de imitación. Todos andamos en busca del Macron colombiano. En este sentido, vale la pena repasar muy brevemente lo que ha ocurrido en Francia.

Los dos partidos políticos que han gobernado ese país europeo desde 1958, durante la V República, quedaron marginados. El 75 por ciento de los parlamentarios fueron derrotados. En relación con los registros tradicionales, hubo un alto nivel de abstención. Y un movimiento político creado hace un año por un joven poco conocido –aunque había sido ministro de Economía del gobierno saliente– arrasó no solo en la elección presidencial sino, aun más significativo, en la parlamentaria.

No es poca cosa que figuras nuevas desalojen de su cómoda posición política a veteranos de varias batallas, a los dueños del poder en cada distrito electoral. Y no deja de ser muy sugestivo que cuatro de los principales ministros renuncien después de la elección parlamentaria por problemas que tienen que ver con la moralización política.

Esta última es una de las prioridades de Macron para ponerles fin a costumbres políticas vitandas, como la de los puestos ficticios que permiten financiar con dineros públicos a familiares que no cumplen las tareas que se supone que realizan. No se trata de grandes fraudes como los que estamos acostumbrados a ver en Colombia. Se trata de comportamientos que no se ajustan a las exigencias éticas que deben caracterizar a un buen gobierno. Y Macron en este aspecto ha sido implacable.


Uniformidad preocupante
En Colombia lo que hemos tenido en los últimos años es un ‘unanimismo’ en la Mesa de Unidad Nacional con respecto a los temas más trascendentales. A pesar de eso, es posible que haya habido tensiones y desacuerdos en materia de la repartición burocrática y de la obtención de otras prebendas. También ha habido un grupo fuerte de oposición en los últimos cuatro años, así como algunas expresiones esporádicas de oposición por parte del Polo Democrático y de la Alianza Verde.
Lo que asombra es la indiferencia de los partidos políticos frente a los temas más candentes de la política nacional
Pero lo que asombra es la indiferencia de los partidos políticos frente a los temas más candentes de la política nacional. Es un vacío aterrador. Parece que hay unanimidad frente a temas tan importantes y complicados como los cultivos de coca, las relaciones con Venezuela, el programa Ser Pilo Paga o el servicio de salud.

La lista podría seguir. Podrían mencionarse las consultas populares en Cajamarca (Tolima), Arbeláez (Cundinamarca), Pijao (Quindío), etc. Es evidente que los partidos no tienen presencia alguna, por lo menos conocida, en estas materias tan relevantes para el desarrollo de Colombia.

¿Ninguna fuerza política tiene una postura frente a la explotación del oro y de otros minerales? ¿Ninguna fuerza política tiene una postura frente a la industria del petróleo, a su carácter indispensable para el presente y el futuro de Colombia? ¿Acaso no les corresponde diseñar una política pública al respecto? Pues así vamos. Y uno se pregunta, ¿qué los va a diferenciar en una campaña por la Presidencia o por la reelección en las diferentes circunscripciones electorales?

FERNANDO CEPEDA ULLOA*
Razón Pública
* Exministro, exembajador, abogado de la Universidad Nacional, politólogo de la New School for Social Research, profesor universitario y columnista.

Razón Pública es un centro de pensamiento sin ánimo de lucro que pretende que los mejores analistas tengan más incidencia en la toma de decisiones en Colombia.




Reflexiones al tema pensiones

¿Está feneciendo otra vez la democracia?...

cronicadelquindio.com, Septiembre 17 de 2017
Diego Arias Serna 

¿Está feneciendo otra vez la democracia?
Si los corruptos, tanto empleados como políticos y las mafias siguen participando en la política para acceder a instancias de poder, con el aplauso de sectores sociales, la democracia colapsa.

Enrique Krauze –escritor mexicano y director de la revista Letras Libres- visitó a Atenas en julio de este año. Su paso por esa antiquísima ciudad, cuna de cultura y política, lo inspiró para escribir un artículo para el periódico El País de España que tituló: “Meditación en Atenas”, publicado el pasado 23 de julio.


Inicia el documento expresando: “El Pnyx, donde en un paréntesis de la historia (de 507 a 322 a.C) se reunió la Asamblea Popular para dar vida a la democracia ateniense, es un lugar silencioso. De difícil acceso, vacío de atractivos artísticos –templos, columnas, estelas-, semeja un paisaje lunar. Se trata de una inmensa área semicircular de roca caliza contenida por un tosco contrafuerte, un pequeño estrado, denominado Bema, desde donde hablaban los oradores frente a 6.000 ciudadanos, y los vestigios de unas escalinatas”.
Aunque Krauze no menciona la palabra ruina, sí la describe, y su pluma pinta la decadencia de esa sociedad de la cual surgió la luz que iluminó la cultura occidental. También, sin decirlo, evoca el ocaso de la democracia de estos tiempos, en la que elige el poderoso, se gobierna para el gran capital, se vota por demagogos populistas y hasta por tiranos. Asimismo, se vota –o se compra el voto- por corruptos y hasta por delincuentes y mafiosos. 
Recordando al historiador danés Mogens Herman Hansen -1940-, así como al filósofo y poeta mexicano, Julio Hubard -1962- manifestó: “(…) La democracia es una estructura no de piedras sino de palabras. El secreto es la voz en el espacio público. Un polités ateniense tiene la obligación de hablar entre sus pares y hacerlo claramente: las ambigüedades eran consideradas defecto moral. Según Hansen, los oradores razonaban desde la Bema, unos a favor, otros en contra, y la asamblea –reunida no menos de 40 veces- deliberaba y votaba a mano alzada”.




Ni pan ni circo

Comparando la forma de gobernar de los romanos y los atenienses, manifestó: “A diferencia de Roma, no los movía la obediencia a una autoridad superior, la excitativa del Estado o el afán de divertirse. Ni pan ni circo. Los movía la alta vocación de participar en la vida en común y decidir el destino en la vida en común”.
Continúo afirmando: “En el Pnyx se tomaron decisiones trascendentales, muchas benéficas, otras desastrosas; declaraciones de guerra, tratados de paz, decretos justos e injustos de ostracismo y muerte. A juzgar por sus obras, acertó más veces de las que erró. Según Herodoto, aun así el éxito militar de Atenas se debía a la democracia”.




Krauze, tal vez sin proponérselo, como para que comparásemos con la pobre o decadente democracia actual manifestó: “Golpeada por las plagas, acosada por los enemigos, deturpada por los oligarcas, la democracia usó la persuasión, alentó la crítica –aun a la más feroz, contra ella misma-, y resistió hasta sucumbir por dos causas principales: la fuerza externa –la conquista- y la mentira interna –la demagogia”.

Añadió: “En el museo de la Stoa, en el Ágora, vimos una estela con la figura de una joven honrando a un anciano en su trono. La joven era la democracia (elevada al rango de diosa en 404 a.C) coronando al venerable Demos, el pueblo. “Si alguien se levanta contra la democracia y contra el Demos buscando establecer la tiranía –rezaba la inscripción inferior- quien lo mate, no tendrá culpa”.
La democracia ateniense empezó a fenecer cuando Alejandro Magno conquistó a Grecia, y fue abolida por Antípatro en 322 a.C. Al respecto, el escritor retomando a Hansen afirma: “No hay un solo discurso posterior a la abolición de la democracia, (…)”. Agrega que Demóstenes, el orador supremo, el crítico de Filipo y Alejandro,antes que vivir en servidumbre, se quitó la vida. Y el Pnyx guardó silencio desde entonces”. 




Muchos pensadores han percibido mal la democracia 

Casi 2.500 años después, la democracia en muchos países no existe, en otros hay una caricatura de ella, en algunos la ‘democracia’ se usa como trampolín para acceder al gobierno y asaltar las arcas del Estado, que se forma con las contribuciones de toda la ciudadanía. Y lo peor, como la historia ya no se enseña o se olvida, frecuentemente aparecen ‘salvadores’ que con engaños pretenden resolver los problemas sociales, producto de gobiernos perversos de los que esos ‘redentores’ han sido actores. 




La forma de percibir la democracia, la reflejan frases de ilustres personajes. Cito algunas: Henry F. Amiel (1821-1881) escritor suizo, afirmaba: “No niego los derechos de la democracia; pero no me hago ilusiones respecto al uso que se hará de esos derechos mientras escasee la sabiduría y abunde el orgullo. Por su parte el escritor de EE.UU. Ambrose Bierce (1842-1914) decía: “El elector goza del sagrado privilegiode votar por un candidato que eligieron otros”.

Asimismo, el pedagogo y filósofo americano John Dewey (1859-1952) pensaba quela democracia tiene que nacer de nuevo con cada generación y la educación es su comadrona. Otro hijo de EE.UU. el ensayista Elbert Hubbard (1856-1915) se expresaba así: “La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del Parlamento no puede ser más incompetente que aquellos que le han votado”.




Sin economía inclusiva no hay democracia 

Más recientemente, varios pensadores de diferentes disciplinas se refieren a las democracias conectándola con la economía. Mario Bunge, físico, filósofo y epistemólogo en su libro: “Filosofía política –solidaridad, cooperación y democracia integral-“, primera edición 2009, dice: “(…) Por desgracia, la mayoría de los líderes políticos han carecido de imaginación y el coraje cívico necesario para advertir quedebe haber progreso social y que este no se puede lograr sin una economía inclusiva, una democracia vital y una cultura ampliamente accesible”. 
Hace alusión sobre lo que opinan el economista y socioeconomista Joseph Schumpeter -1950-, el sociólogo Benjamin Barber (1939-2017) y el filósofo del derecho y filosofía moral Ernesto Garzón-Valdés -1927-, quienes han argumentado convincentemente que la democracia y el capitalismo son suicidas y que son, además, instituciones mutuamente incompatibles. Cita también a George Soros -1930-.
El financiero y filántropo, en consonancia con ellos advirtió que el capitalismo global no regulado se encuentra en graves problemas y que, además, pone en peligro a la sociedad abierta (democrática y progresista).




Bunge aduce razones a favor de la tesis de estos personajes. “(…) la democracia política es autodestructiva, en la medida en que permita a los corruptos comprar los cargos públicos (a través de la compra de tiempo en la televisión) y procura a los Parlamentos la posibilidad de inclinarse ante demagogos y dictadores”. Los colombianos sabemos cómo ha operado en las últimas décadas nuestra ‘democracia’.

Recordemos que Juan Carlos Martínez Sinisterra, conocido como “El Negro Martínez”, obscuro personaje de la mafia y la política, afirmó desde la ‘cárcel’: “Es mejor negocio la política que el narcotráfico”, y como dice la Revista Semana en septiembre de 2011: “le oyeron decir, hace unos meses, 'la plata que deja una alcaldía no la deja un embarque'”.
Sobre la economía, Bunge expresa: “(…) el mercado es suicida por dos razones. Una es que los hombres de negocios odian la competencia, ya que esta puede resultar ruinosa y, en consecuencia, tienden a organizar oligo-polios o monopolios, los cuales, para comenzar, aniquila toda libre competencia que pueda haber habido. La otra razón es que, al aumentar la productividad, la tecnología elimina puestos de trabajo, lo cual deprime el consumo; lo cual, a su vez, elimina puestos de trabajo y así sucesivamente”.




Día internacional de la Democracia

Así que la democracia puede beneficiar o perjudicar, y la sociedad debe ser consciente de la importancia de esa ‘diosa’, que fácilmente se convierte en una ‘diabla’. Por su importancia para el avance de los países, la ONU destina el 15 de septiembre como “El día internacional de la Democracia”.
Sobre esta conmemoración, el Secretario General, entre otras cosas, expresó: “(…) es una oportunidad para renovar nuestro compromiso con un mundo definido por los valores consagrados en la Carta de las Naciones Unidas: paz, justicia, respeto, derechos humanos, tolerancia y solidaridad. Sin embargo, en muchas sociedades alrededor del mundo ha sobrevenido una crisis de confianza”.
Agregó que la globalización y el progreso tecnológico han sacado a muchos de la pobreza, pero también han contribuido a la desigualdad y la inestabilidad. Hay una disparidad creciente y cada vez más profunda entre las personas, así como entre las personas y las instituciones políticas establecidas para que las representen. El miedo rige demasiadas decisiones, lo cual supone un peligro para la democracia.

Diego Arias Serna - darias@fis.ucm.es / darias@uniquindio.edu.co
Profesor-Investigador universidad del Quindío
Especial para LA CRÓNICA


Póngale la firma: los partidos políticos están en crisis

http://jujogol.blogspot.com.co/2017/09/pongale-la-firma-los-partidos-politicos.html



Reflexiones al tema pensiones

Un nuevo enfoque...

Por: Santiago Montenegro


Colombia necesita con urgencia una nueva generación de dirigentes privados y públicos que entienda que el crecimiento de la economía debe estar jalonado fundamentalmente por el crecimiento de la productividad, en la que, de acuerdo a dos tipos de mediciones, nos rajamos de manera estrepitosa.
Según cifras del DNP, la productividad total de factores, que mide el crecimiento de la economía por encima de la expansión del capital y del trabajo, fue negativa en el período 2000-2014, al decrecer a una tasa promedio de -0,2 %. En 2016, la caída fue de -1,1 %. Según otra medición de la OCDE, hace medio siglo hacían falta tres trabajadores colombianos para producir lo que producía un trabajador de los Estados Unidos. Hoy en día, óigase bien, hacen falta no tres, sino casi cinco trabajadores nuestros para producir lo que produce un norteamericano. Vamos para atrás y lo primero que hay que hacer es reconocerlo y no contentarnos diciendo que todo es culpa del Gobierno o que así está toda América Latina. Tampoco podemos permitir que el populismo oriente la agenda económica, proponiendo el regreso al mercantilismo y al rentismo o al cierre de la economía. Si uno de nuestros principales problemas es el estancamiento de la productividad, lo que necesitamos es más competencia, mayor dinamismo, más crecimiento, más apertura, más incentivos al logro, menos dirigismo y combatir la informalidad.
Como lo he señalado muchas veces en esta columna, un 65 % del empleo laboral en Colombia es informal, alcanzando un 87 % en las zonas rurales. De los 22 millones de ocupados, casi 11 ganan menos de un salario mínimo, lo que quiere decir que, precisamente por ser informales, no pueden tener por ejemplo acceso a servicios financieros formales, como a un crédito hipotecario, y, si necesitan plata, tienen que endeudarse a tasas que fácilmente alcanzan el 100 % anual. Pero la informalidad es también de las empresas, de las construcciones urbanas y de los predios rurales, muchos de los cuales no cuentan con catastro y títulos.
Algunas de las medidas específicas que necesitamos son las siguientes. Primero, mejorar la calidad de la educación en todos los niveles y promover la innovación. Segundo, luchar contra la informalidad con la eliminación del cuatro por mil y los billetes de alta denominación que, además de incentivar la evasión, son un caldo de cultivo para la corrupción y la delincuencia. Tercero, introducir una reforma tributaria que reduzca las altísimas tarifas a las empresas y amplíe las bases, además de fortalecer la DIAN con un nuevo gobierno corporativo y con modernos sistemas de información. Cuarto, incrementar la inversión en CTI, que sigue en un vergonzoso 0,2 % del PIB, y reconocer el fracaso de la política de regalías orientadas a este rubro. Quinto, incentivar la inmigración de profesionales altamente capacitados, retener en el país a nuestros mejores cerebros y atraer a muchos colombianos altamente calificados que se han ido al exterior.
Pero, sobre todo, el sector privado tiene que pellizcarse y mirar con visión de país y de largo plazo y apropiarse de la agenda de la productividad. Las empresas y las organizaciones empresariales deben tener como objetivo central promover la innovación, la contratación de excelentes profesionales, la introducción de las más modernas tecnologías y procesos, la digitalización y el fortalecimiento de los gobiernos corporativos. Sí, el incremento de la productividad pasa también por un mea culpa del sector privado.

Reflexiones al tema pensiones