lunes, 26 de septiembre de 2016

LA PAZ NACIÓ CANSADA

Grupo Editorial El Satélite (GES), POR: ARMANDO CARDONA CATAÑO

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Hace algunos años el poeta Luis Flores Berrío escribió un poema que lo tituló de esa manera y que frente a lo que se vive en Colombia y en otros países, cobra inusitada actualidad,  porque como dice el verso “la paz no tiene paz, nació cansada, creció enfermiza y navegó en las sombras”.

Eso es lo que se vive en Colombia, porque así se hubiese llegado a un acuerdo con el movimiento guerrillero más antiguo del mundo, la anhelada paz total no se disfruta, porque los discrepantes de ella no podrán entenderlo así y mucho menos admitirla, no porque no lo deseen, sino porque su profundo ego los aleja de un escenario protagónico del cual están ausentes y prefieren más bien que las cosas sigan iguales.

Pero también otros sectores de la insurgencia activa en Colombia como el ELN, por el momento no hacen parte de este proceso que ha tenido tan inusitado respaldo internacional.  Creemos que por la misma consideración del ego desbordado que los afecta, por no haber sido ellos los pioneros del entendimiento.

La insurgencia en Colombia creció dividida porque obedeció a la discrepancia de la ideología comunista internacional, para darle paso a  la Línea Pekín, a la Soviética, a la Castrista y a otras más, por lo que cualquier proceso exitoso de paz con cualquiera de ellos, solo tiene el carácter de parcial.

Y este hecho, en el caso colombiano, cobró vigencia cuando el Che Guevara vino a este país como primer paso para extender el modelo de la revolución cubana a Suramérica, pero se encontró con la sorpresa de que la izquierda  aquí estaba dividida, y suya fue la frase contundente, de que en Colombia la izquierda no podría triunfar por su profunda e irreconciliable división.

En otro escenario,  la situación ha sido parecida, mirada desde la óptica de la clase dirigente: al finalizar los años cincuentas Alberto Lleras Camargo ante la guerra fratricida entre liberales y conservadores, tramitó primero con Laureano Gómez  y luego con Mariano Ospina un entendimiento que permitiera a los militantes de los dos partidos entenderse y dejar la violencia. Fue cuando nació el Frente Nacional y liberales y Conservadores se repartieron por iguales partes el ejercicio del poder democrático, lo cual  se extendió por 16 años. Y hubo convivencia a ese nivel.

Empero, la paz  total no llegó, porque ya la guerrilla había tomado partido ideológico y no admitió la convivencia política de las mayorías colombianas.

Cualquier paso que se dé en dirección a la paz, hay que recibirlo y aplaudirlo, como se festejará, el día, y ojala no esté lejano, en que la clase dirigente colombiana entienda que la paz es necesaria a todos los niveles, eso sí alejada de protagonismos para que el ego y la envidia no prevalezcan sobre el bien común.

Qué lástima que la paz siga cansada, enfermiza y a la sombra.

Un voto por el futuro




María Jimena Duzán: Un voto por el futuro

 María Jimena Duzán. Foto: Guillermo Torres
Si triunfa el No, ni siquiera vamos a saber la verdad sobre los horrores que cometieron las Farc, porque el proceso se extinguiría al quedarse sin aliento


Voy a votar Sí en el plebiscito por una razón tan simple como esta: porque lo acordado en La Habana nos da la oportunidad histórica de salir de la barbarie, y nos permite empezar a reconstruir el país desde el respeto, la tolerancia y la inclusión. Esa oportunidad histórica no la quiero perder, así a muchos les parezca muy poco haber terminado una guerra de 52 años con una guerrilla como las Farc.

Sin embargo, mi voto por el Sí no pretende apoyar a Santos, ni a Vargas Lleras, ni al expresidente César Gaviria, ni está inspirado en la mermelada como suele ser la manera burda como los opositores del No nos pordebajean. Voy a votar Sí, porque precisamente este acuerdo es la oportunidad para que el país renueve a todas esas elites políticas corruptas, que se enquistaron en el poder y que se han ido apoderando del sistema político colombiano. Estas mafias han convertido a la política en lo que es hoy: un lugar apto solo para corruptos, en el que las Claudias López están condenadas a ser flor de un día; un lugar en donde el pragmatismo ha desplazado a las ideas y donde no importa que un partido que se llama Liberal tenga entre sus huestes a una senadora como Viviane Morales, que busca hacer política alimentando a su secta en desmedro de las ideas liberales y del bien común. (De la misma forma que tampoco importa que Cambio Radical arrope como lo hizo al combo de Kiko Gomez en La Guajira, pese a su impresentable hoja de vida, y que el Partido de la U tenga como adalid de la lucha contra la corrupción a la gobernadora del Valle, la misma baronesa que hizo de la salud su fortín político). 

El punto dos del acuerdo, que habla de la participación política, abre la oportunidad para que se funden nuevos partidos y movimientos políticos, una posibilidad que estaba prácticamente vedada por los partidos convencionales que se las ingeniaron para mantener sus cuotas de poder nutriéndose de la exclusión. Ese punto de participación también permite la entrada al Congreso de movimientos sociales que hoy no tienen ni voz ni voto, hecho que va a volver a la política más democrática y mucho más real. No se va a necesitar ser millonario, ni corrupto, ni hijo de expresidente para poder labrarse un camino en la política. Por eso, voy a votar por el Sí. Porque este acuerdo, como lo ha dicho el propio Humberto de la Calle, limpia la política y pone en alerta al sistema para que se reforme y deje de considerarse intocable. 

Voy a votar Sí, porque por primera vez vamos a tener la posibilidad de saber qué nos pasó y por qué. Los responsables de las atrocidades van a tener que decir la verdad y restaurar a las víctimas. Si no lo hacen, si no le cumplen con la verdad a las víctimas, tendrán que ir a la cárcel a pagar penas de 20 años.

Los uribistas dicen que la justicia transicional que se pactó en este acuerdo nos envía al limbo de la impunidad, porque no lleva a la cárcel a Timochenko y que su voto por el No es una actitud ética. En realidad lo que nos va a ocurrir es todo lo contrario: esta justicia que se pactó, es la oportunidad de salir de ella, de la bendita impunidad. La verdad, así cueste decirla, es que la justicia ordinaria, pese a los innegables avances que se han dado en la Fiscalía en materia de investigación, todavía está en deuda con el país: en estos 25 años que lleva de creada ha sido incapaz de saber quiénes fueron los autores intelectuales que terminaron con la vida de Guillermo Cano, de Rodrigo Lara, de Enrique Low Murtra, de Álvaro Gómez, de Jaime Garzón o de los miembros de la UP que fueron exterminados; tampoco ha podido encontrar ni condenar a los autores intelectuales de las miles de masacres de campesinos inocentes que se hicieron en el país. Si esto no es impunidad, no sé cómo se le pueda llamar. Al uribismo, esta falta de justicia, poco les ha importado ni les ha hecho generar ninguna reflexión ética.

Con los tribunales de paz que se crean en la justicia transicional, el país va a tener por primera vez la oportunidad de establecer no solo una memoria de lo que nos pasó, sino que le va a permitir a todos los actores del conflicto coincidir en la verdad para que todos ellos asuman sus responsabilidades ante las víctimas. Si triunfa el No, volveremos a la impunidad de hoy y nos tocará esperar a que la justicia selectiva de una Fiscalía desinstitucionalizada que pasa de un partido a otro, de un dueño a otro, en medio del oportunismo y de la conveniencia política del momento, algún día opere. Si triunfa el No, no sabremos nunca quienes fueron los autores que ordenaron las masacres, ni los que permitieron los falsos positivos, ni quienes fueron los terceros que ayudaron a prender la mecha del paramilitarismo. Y si triunfa el No, ni siquiera vamos a saber la verdad sobre los horrores que cometieron las Farc, porque el proceso se extinguiría, al quedarse sin aliento. El No es volver al vacío de siempre y a la inercia de la guerra. 

Por eso mi voto por el Sí es rotundo, sin vacilaciones. Y si pierdo, que espero no sea el caso, al menos voy a ser consciente de todo lo que perdí. Y los del No, deberían hacer lo mismo en lugar de andar dorando la píldora. 

sábado, 24 de septiembre de 2016

Las paradojas del conflicto

ELESPECTADOR.COM, JULIO CÉSAR LONDOÑO 23 SEP 2016 

Julio César Londoño










La campaña del plebiscito y los acuerdos de La Habana han dado lugar a varias paradojas. Miremos algunas.
Por primera vez en la historia del mundo, los partidarios de la paz tienen que demostrar las bondades de la finalización de un conflicto.
Uribe, que nunca reconoció la guerra, se la juega toda por continuarla.
Aunque la guerra con las Farc ha afectado principalmente a los campesinos, su suerte la decidirán los habitantes de las ciudades.
Si gana el Sí y llegan a buen puerto los programas de desarrollo rural, Santos, quizá el mandatario más indiferente a los problemas del campo, será recordado como el líder que hizo posible su reestructuración.
La relación de Uribe con las Fuerzas Armadas, que siempre fue buena por el espíritu guerrerista del senador, se deterioró en los últimos cuatro años por culpa de ese mismo espíritu. Y porque, de ganar el No, no se aplicará la benévola Justicia Transicional, hecho que perjudicará en materia grave a los cinco mil miembros de las Fuerzas Armadas que tienen procesos abiertos por violaciones a los Derechos Humanos y especialmente a dos mil de ellos, que están incursos en delitos de lesa humanidad.
Igualmente, y por la mismas razones, se han deteriorado las relaciones del CD con los empresarios. Muchos de ellos, que estaban en vilo porque la Fiscalía y las Altas Cortes los consideran cómplices de la subversión y del paramilitarismo por el pago de vacunas, tienen fincadas sus esperanzas en una cláusula de la Justicia Transicional que considera la coacción un factor absolutorio y califica las vacunas como una “colaboración involuntaria”.
Paradoja del “palo porque bogas…”. Odiadas toda la vida por comunistas, en los últimos años las Farc son odiadas porque “abandonaron sus ideales”.
“Paradoja noble”. En general, las víctimas del conflicto son generosas con el perdón y quieren trabajar por la reconstrucción del país.
La paradoja más triste: la terminación del conflicto, un viejo y caro anhelo, se convirtió en un motivo de discordia y puede arruinar la oportunidad de unir a los colombianos en torno a un gran proyecto nacional.
¿Qué viene después del 2 de octubre? Si gana el No volvemos al pasado. Si gana el Sí, el presidente empleará su músculo político y la fuerza de la Unidad Nacional para convertir en leyes de la República ese ambicioso compendio de buenas intenciones que son los Acuerdos.
Los analistas no descartan que, dada la complejidad de los Acuerdos, sea necesario convocar a una Constituyente en el corto plazo. Se cumplirían así los deseos de las Farc y el Centro Democrático, que desde el principio abogaron por la realización de una asamblea de este tipo.
Es obvio que ni los tribunales de Colombia, ni los de ningún país del mundo, pueden juzgar con eficiencia los horrores de medio siglo de guerra. Ninguna corte del mundo es capaz resolver el infinito prontuario de infamias de las Farc ni de llevar a los tribunales a los miles de empresarios, ganaderos, pastores y sacerdotes, ni a las decenas de generales ni a los seis presidentes (Barco, Gaviria, Samper, Pastrana, Uribe y Santos) que tuvieron tratos íntimos con los paramilitares. Solo entre Don Berna y Ramón Isaza, suman más de mil quinientos crímenes.
Por esto, habrá que proceder como en todos los procesos de paz del mundo y declarar una amnistía general que abarque a todos los actores del conflicto.
Pero la justicia restaurativa no es negociable. Debe haber ejercicios de memoria histórica sobre el horror de estos decenios de guerra, confesiones que descorran los velos que cubren las masacres y coadyuven a la elaboración del duelo por parte de los parientes de las víctimas, y un plan de reparación lo más amplio y generoso posible.
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    La paz se le atraviesa a Mauricio Cárdenas

    2016/09/22

    El ministro de Hacienda tendrá que esperar hasta después del
    plebiscito para que el Congreso atienda sus asuntos:
    aumentar el impuesto a los licores y la reforma tributaria


    Ministro de Hacienda Mauricio Cárdenas intenta sacar en el Congreso reforma tributaria e impuesto a los licores

    Mauricio Cárdenas Santamaría, ministro de Hacienda. 
    Foto: Daniel Reina Romero / SEMANA

    Así como el presidente y los demás miembros del gabinete, Mauricio Cárdenas Santamaría lleva en la solapa de su vestido el prendedor de la paloma de la paz. No solo por ser una instrucción presidencial, ni porque deba apoyar la principal política del gobierno al que pertenece. Lo hace por convicción. Pero es probable que cada vez que vea la paloma, le recuerde lo difícil que le está resultando su trabajo en medio de la campaña política por el plebiscito.
    Cárdenas ocupa la silla más impopular de las 16 del gabinete. Es el ministro de Hacienda. Y así como en el exterior recibe homenajes y reconocimientos por su trabajo, en el país muchos ciudadanos lo ven como el portador de las peores noticias: las que tocan el bolsillo de los colombianos.
    La imagen desfavorable que suele acompañar al encargado de manejar la plata, la conocen, por ejemplo, el presidente Juan Manuel Santos durante el gobierno de Andrés Pastrana. O aquel Rudolff Hommes del gobierno de César Gaviria que parecía un villano de las tiras cómicas que pedía amarrarse el cinturón para enfrentar la inflación. Eso sin contar que en diciembre son los menos populares por cuenta de la definición del salario mínimo.
    A las puertas del posconflicto, el presidente Santos le encomendó a Cárdenas una misión tan necesaria como antipática. Las arcas necesitan más recursos, y le pidió conseguirlos. La formula, tan impopular como la misión: más impuestos.
    Ya se llevó los chiflidos de medio país con la venta de Isagen, y ahora tiene entre manos una reforma tributaria, que el ministro califica de “estructural”, y sobre la que se han tenido temores, como que se subirá el impuesto IVA, que se grabaría con este tributo elementos de la llamada canasta familiar. Cierto o no, no es el momento de la reforma.
    En la campaña del 2010, el entonces candidato Juan Manuel Santos dijo que grabaría en piedra el compromiso de que no aumentaría un impuesto. Las necesidades del país hace rato que lo llevaron a rectificar. Pero hacerlo en medio de la campaña del plebiscito era un alto riesgo para el gobierno, pues podría ser un insumo para los promotores del No.
    Cárdenas, además, lleva dos meses padeciendo con un proyecto para aumentar el impuesto a bebidas alcohólicas. Las últimas dos semanas ha ido al Senado, al último debate, pero ha comprobado como los senadores han encontrado cualquier pretexto para no discutirlo. Y es que tampoco es un proyecto fácil.
    Los gobernadores, muy claves para el plebiscito, han manifestado la preocupación de que con el nuevo impuesto a los licores, igualaría el precio de las bebidas nacionales que las importadas, y conociendo a los colombianos, escogerían lo extranjero si el precio es igual. Además, dice que las industrias licoreras departamentales, quedarían en quiebra. 


    El ministro Cárdenas controvierte la afirmación. Explica que el proyecto gravaría un impuesto de 25% sobre el valor de la botella, actualmente solo existe el impuesto a los grados de alcohol. Por eso, dice, una botella de champagne de alta gama, pagaba menos impuestos que media botella de aguardiente. “Eso no puede ser, Tenemos que buscar es un sistema tributario que al vino y al licor de mayor valor le corresponda pagar mayores impuestos, que en el camino se traducen en más recursos para la salud”.

    Sobre este proyecto, Cárdenas dice que reafirma el monopolio de los departamentos y sobretodo que protege al aguardiente como una bebida insignia y emblemática. Eso para despejar la preocupación de los gobernadores, a quienes el gobierno ha consentido en la presente campaña.
    Nada pudo hacer el ministro de Hacienda para convencer al Senado de dar último debate. Cárdenas no tendrá otra que esperar al 3 de octubre. Después del plebiscito, ya podrá salir a sacar la mano para buscar nuevos recurso por la vía de impuestos. Probablemente el sacrificio sea el precio de la paz para el ministro de Hacienda.

    miércoles, 21 de septiembre de 2016

    ¿ES LA GUERRILLA EL PRINCIPAL PROBLEMA DE COLOMBIA?

    eldespertadorvirtual.blogspot.com.co/2016/09/

    Los colombianos esperamos que este audaz gesto del presidente Santos conduzca, más temprano que tarde, a superar el conflicto armado


    Pero hay que hacer memoria, las Farc surgieron como un subproducto de la guerra fría, pues sus primeros líderes pertenecían a las guerrillas liberales del sur del Tolima, enfrentadas a la persecución de dictaduras civiles y militares. 

    Un generoso proceso de paz durante el gobierno Betancur se frustró por la torpe actitud del establecimiento, que toleró el paramilitarismo y permitió la eliminación física de la Unión Patriótica. 

    La guerrilla al involucrarse en el narcotráfico y el secuestro, perdieron el norte, nunca tuvieron posibilidades reales de tomarse el poder por las armas, pero sí mantuvieron, y mantienen gran capacidad de daño. 

    De ahí la importancia de este nuevo proceso, pero hay que decirlo con claridad: el mayor problema del país no es la guerrilla. 

    Según estudios hechos en Colombia por  ONGs internacionales ha quedado demostrado que el problema de la guerrilla afecta a los colombianos en un 13% las bandas criminales en un 30% y la corrupción de los políticos un 57%. 

    La cruda realidad  y el problema mas grande de los colombianos es que una parte de los políticos en Colombia cuidan los intereses criminales de los narcos, de los señores de la guerra y mafias de políticos que controlan tantos pedazos del país y del Estado. 

    Otros políticos cuidan los intereses de la gente “muy bien”: los de Sarmiento Angulo, los santo domingo, los Ardila Lule, los del Sindicato Antioqueño o las grandes mineras que inspiran cada decreto y cada licitación pues para eso financian la elección del presidente y para eso controlan los medios de comunicación. 

    Y los políticos que resta cuidan los intereses de regiones o de grupos específicos que se atienden con criterios clientelistas, porque de esos votos viven los politiqueros de las regiones.

     Ojalá se pueda poner fin al conflicto armado para que el 13% de nuestros problema se acabe, pero muchísimos colombianos somos conscientes de que no habrá paz mientras exista la corrupción y la desidia por los menos favorecidos . 

    jueves, 15 de septiembre de 2016

    Condenados por la Contraloría deben al erario 13,9 billones de pesos

    ELTIEMPO.COM, Por:  MILENA SARRALDE DUQUE ,  15 de septiembre de 2016




    Infografía procesos




    La cifra es equivalente al 6 % del presupuesto de la Nación. Muchos ocultan bienes para no pagar


    En la lista de deudores morosos que tiene la Contraloría General –en la que figuran los nombres de reconocidos empresarios, funcionarios públicos y contratistas– aparecen 2.923 personas que han sido condenadas fiscalmente por corrupción o por la mala administración de recursos públicos, y que hoy le siguen debiendo al erario 13,9 billones de pesos.



    Ese dinero, que equivale al 6 por ciento del Presupuesto General de la Nación de este año, o con el que se podría pagar la cuarta parte de la ley de víctimas, no se le ha podido resarcir al Estado, no obstante los esfuerzos del organismo de control fiscal.



    Mientras que ese monto corresponde a fallos fiscales de la Contraloría que están en firme, y cuyos efectos no son penales sino que buscan que se indemnice la pérdida de dineros públicos, por lo menos están embolatados otros 14 billones, sobre los que la Contraloría mantiene investigaciones vigentes, sin decisión.

    La escandalosa cifra que se alimenta de la corrupción y el desgreño administrativo sigue creciendo cada año. Entre junio del 2015 y mayo del 2016, la Contraloría emitió 253 nuevos fallos de responsabilidad fiscal que involucran 102.927 millones de pesos.

    Uno de esos casos fue el de la condena por más $ 6.376 millones que se emitió en abril pasado contra la IPS Previsanar y su representante legal, el médico Sebastián Ramírez Mendoza, por efectuar 130 recobros al Fosyga y al consorcio Fidufosyga por supuestos servicios prestados. Tras la investigación se comprobó que los recobros se lograron con historias clínicas y tutelas falsas (ver casos emblemáticos).



    Mientras la deuda aumenta cada año, lo que logra recuperarse sigue siendo mínimo. En los últimos dos años, durante la era del contralor Edgardo Maya Villazón, la Contraloría logró que los morosos pagaran 125.000 millones de pesos, cifra que, según funcionarios de ese organismo, duplicó el recaudo de la administración de la excontralora Sandra Morelli.



    Los dineros recaudados entran al Tesoro Nacional para que puedan llegar al municipio o región que se vio afectada por el desvío o pérdida de recursos.

    Uno de esos casos se dio en enero de este año, cuando, a través de la Jurisdicción Coactiva, la Contraloría recibió un cheque por 63.000 millones de pesos de una minera.

    El pago de la indemnización llevó a que se archivara la condena fiscal que pesaba en contra de esa empresa y de varios exfuncionarios, declarados responsables “por acción y omisión” al fijar un otrosí en un contrato que implicó una millonaria disminución en las regalías que recibía Cesar por la explotación de una mina.

    Ocultan bienes
    Una de las principales dificultades que tiene la Contraloría para perseguir esos patrimonios consiste en que, al momento de realizar los cobros, se encuentra con que los responsables no tienen bienes. “Como la responsabilidad es individual, si no se les encuentran propiedades ni cuentas bancarias, la Contraloría no tiene cómo hacer efectiva la jurisdicción coactiva”.
    Aunque durante los procesos el organismo puede acudir a los embargos, los funcionarios encuentran que desde ese momento, muchos de los investigados ya han comenzado a insolventarse, como en el caso de los desvíos de recursos de la salud por el que fue condenado Saludcoop a pagar 1.4 billones de pesos.


    La Contraloría también ha detectado casos en los que funcionarios públicos habían traspasado sus propiedades a familiares o terceros antes de posesionarse como alcaldes o gobernadores, previendo, de quedar incursos en una investigación fiscal, evitar que congelaran su patrimonio.



    Otra dificultad, según fuentes de la Contraloría, consiste en que las pólizas de seguro que los funcionarios suscriben con los contratistas resultan ser mínimas para cubrir una posible pérdida en medio de la ejecución de un negocio. 

    “Debería existir una reforma en la política pública, de manera que las pólizas sean mucho más exigentes. Los funcionarios toman decisiones en unas cuantías inmensas que hoy no tienen respaldo. Cuando uno trata de llamar a un tercero civilmente responsable, resulta que el daño fue grandísimo y la póliza no alcanza a cubrirlo”, indicó una fuente de la Contraloría.

    La búsqueda de patrimonios en el exterior también es otro reto para la Contraloría. Pese a que el organismo de control ha conseguido convenios con países como Ecuador y Panamá, se ha encontrado con dificultades. “Muchos países no entienden por qué un organismo administrativo, y no judicial, tiene poder de tomar medidas cautelares”, agregó la fuente.
    Aunque la ley asegura que quienes sean condenados fiscalmente no pueden contratar con el Estado, los responsables han encontrado formas de evadir las normas. Si es un particular, crea una personería jurídica (una empresa) con la cual sigue contratando, o si es una empresa, cambia esa personería jurídica para no quedar inhabilitada.
    MILENA SARRALDE DUQUE

    Redacción Justicia





    miércoles, 14 de septiembre de 2016

    Sobre los costos del conflicto No. 2 parte

    LA SILLA, septiembre 9 de 2016


    Entrega 2: algunos costos del conflicto en lo productivo
    Esta nota es la segunda entrega de un post que resume evidencia sobre los costos del conflicto en Colombia, surgida de investigaciones conducidas en la Facultad de Economía de la Universidad de Los Andes, en la que somos profesores quienes escribimos este blog. Busca sumar elementos analíticos al proceso de reflexión en que estamos, o deberíamos estar, inmersos los colombianos, ahora que nos aprestamos a depositar nuestro voto de apoyo o rechazo a lo pactado. El martes pasado publiqué la , concentrada en los costos sociales del conflicto. Hoy publico la entrega 2, sobre los costos en lo productivo. Las investigaciones resumidas en estos posts, y muchas más realizadas en la Facultad, están ahora listadas en una 
    Hay muchas maneras en que el conflicto ha afectado el desarrollo productivo del país, golpeando, en última instancia, la capacidad de generación de ingresos de las personas, tanto victimizadas como no. Para comenzar, las marcas que el conflicto deja en el capital humano y los activos productivos de las víctimas (reseñadas en la  de este post) se ven directamente reflejadas en una disminuida actividad productiva.  Pero hay otro canal por el cual el conflicto afecta la capacidad productiva de la economía: mayor riesgo de hacer negocios, que a su vez conduce a la desaparición ineficiente de empresas que sin conflicto habrían sido rentables; a una menor dinámica de creación de nuevas empresas; y a menor inversión en las empresas existentes. Y, a diferencia del impacto vía las víctimas directas, este canal acaba afectando a toda la población, con intensidad concentrada en los pobladores de las áreas más afectadas y en las personas afiliadas a sectores más directamente relacionados con el conflicto.
    Adriana Camacho y Catherine Rodriguez han encontrado que los ataques contra la población civil ocurridos en el marco del conflicto incrementan la probabilidad de que un establecimiento productivo decida abandonar el mercado. Según mis cálculos a mano alzada, el tamaño de los efectos que estiman implica que, en un año promedio entre 1993 y 2008, los cincuenta municipios que experimentaron más ataques sobre la población civil vieron más que quintuplicada la probabilidad de desaparición de sus establecimientos productivos.  Y eso en una estimación que empleó datos del sector manufacturero, que no parece ser aquel donde los efectos del conflicto son más fuertes.
    Varios análisis señalan que los sectores agrícolas, y más en general los que dependen de recursos naturales, son en realidad los que cargan con el mayor peso de los costos del conflicto en producción. Hernando Zuleta y Laura Beatriz Gómez estiman que, por la distribución regional de la actividad agrícola, la afectación de este sector por el conflicto es análoga a tener el 19% de la actividad agrícola y silvicultora concentrada en el departamento con mayor actividad violenta asociada al conflicto. La cifra es muy similar para el sector de minas y canteras, pero menor para los demás sectores: alrededor de 14%. Y encuentran también que, cuando un municipio es sometido a una ofensiva de un grupo ilegal, se reduce la tasa de crecimiento de su PIB agrícola en alrededor de un punto porcentual en el año de ocurrencia. El efecto sobre el crecimiento del sector servicios es de alrededor de 0.5% y en el sector industrial alrededor de 0.7%.
    Por supuesto, actividades de servicios que dependen de manera intensiva de los recursos naturales, tales como el ecoturismo, se ven también profundamente afectadas.  Un estudio en que participa Jorge Higinio Maldonado estima, por ejemplo, que en un escenario de paz el aviturismo podría generar nueve millones de dólares de ganancias al año y más de 7,000 empleos, que no se vienen generando a pesar del enorme potencial del país para el avistamiento de aves, por las pobres condiciones de seguridad en el campo.
    Además de la pérdida directa de activos productivos y capital humano, y del mayor riesgo para la actividad productiva, especialmente la asociada al campo, el conflicto depreda recursos naturales cruciales para la sostenibilidad del desarrollo económico. Estos son activos fundamentales para la producción en el futuro más lejano, y su pérdida es un costo del conflicto cuya dimensión en términos de producto perdido sólo se conocerá en décadas, pero cuya expresión en términos de bosques perdidos ya se puede observar. Usando datos relacionados con la violencia paramilitar, Leopoldo Fergusson, Darío Romero y Juan Fernando Vargas muestran que la dinámica de deforestación fue mucho más intensa en los municipios más cercanos a los centros de actividad paramilitar durante los años de apogeo de estos grupos. Y, su análisis sugiere réditos efectivos de haber desactivado esa arista del conflicto: la deforestación en esas regiones convergió a los niveles del resto del país luego de que las fuerzas paramilitares se desmovilizaron.
    Éstas y muchas otras investigaciones apuntan a pérdidas productivas asociadas al conflicto, a través de múltiples y muy diversos canales. Ahora, ¿cuánto podría ganar el sector productivo como un todo si el país se pacificara? ¿Cuánto más PIB tendríamos si ese milagro ocurriera? Es una cuenta arriesgada de hacer. Todos los análisis reseñados hasta aquí utilizan datos de Colombia y cuantifican los costos de los colombianos afectados comparándolos contra colombianos similares no afectados; o comparando un municipio afectado, o más afectado, contra otro de menor afectación. Es decir, todos los números mencionados arriba nos hablan de cómo el conflicto ha empobrecido a un sector de la economía y la sociedad colombiana. La pacificación traería, entonces, grandes réditos para ese sector, cerrando brechas con respecto al resto de Colombia. 
    Y, sí. Esas ganancias tienen también que traducirse en ganancias económicas para el país como un todo, pues las brechas se cierran porque a un sector le va mejor sin que a otro le vaya peor. Maria Alejandra Arias, Adriana Camacho, y Ana María Ibáñez,  en su libro “Costos Económicos y sociales del conflicto” recopilan y resumen estudios que, con base en evidencia como la ya discutida (comparación de PIB entre municipios con más y menos violencia, por ejemplo) estiman efectos en el crecimiento anual del PIB tan grandes como 4% .
    Pero el monto de ganancia de PIB total es necesariamente menor a las ganancias que los individuos afectados, los municipios afectados, o los sectores afectados recibirían, que son los que los enfoques metodológicos de esos estudios permiten inferir. Esto porque esos individuos, municipios y sectores no representan una fracción mayoritaria del PIB del país. Así lo explica un análisis de Marc Hofstetter. Por ejemplo, se espera que el agro sea el sector que más gane, pero el agro pesa sólo 6% de la actividad económica, así que cualquier unidad de ganancia en el PIB  agropecuario (digamos cien puntos) sólo impactará el nacional en 6% de esa unidad (seis puntos de esos cien). El análisis de Marc indica que, para que el crecimiento de la economía colombiana suba de manera sostenida en un punto porcentual a causa de un mayor crecimiento en el agro, éste tendría que crecer a una velocidad que lo llevaría a pesar 15% en el PIB  a la vuelta de diez años. Ese es un escenario altamente improbable si se recuerda que una característica del desarrollo es que el agro cada vez participa menos en el PIB de cualquier economía, y que economías medianamente comparables pero a salvo del conflicto armado (Brasil, Chile, México, Argentina, Perú) tienen agros que pesan entre 3% y 9% en el PIB.
    El análisis de Marc muestra también que, si bien una pacificación del país dejaría marcas permanentes en el PIB, no hay por qué esperar que las deje de manera permanente en el crecimiento del PIB. Piense, por ejemplo, en las pérdidas de educación mencionadas en la  de este post. Sin conflicto, un niño de las zonas azotadas completará una educación un año más extensa, con ganancias para toda su vida en su nivel de ingreso (cálculos de Fabio Sánchez sitúan el retorno de un año más de educación básica en cerca de 700mil pesos de hoy al año). Lo que no se puede inferir de ese hallazgo es que ese individuo seguirá acumulando más y más educación a lo largo de toda su vida. Es decir, la paz implicaría mayor nivel de educación para el individuo, no mayores tasas de incremento de su nivel educativo durante toda su vida. Así mismo, se puede esperar una ganancia de PIB derivada del fin del conflicto, que probablemente se demore unos años en completarse. Durante ese periodo, el crecimiento de la economía será mayor. Pero ninguno de los argumentos o resultados resumidos en esta nota sugiere, en mi opinión, un incremento permanente de la tasa de crecimiento.
    En conclusión, los estudios reseñados aquí (y muchos otros no cubiertos por esta nota) sugieren importantísimos costos económicos del conflicto. Estos recaen sobre una fracción importante de la población que, además, es también más vulnerable que el resto en aspectos diferentes al conflicto (calidad de las instituciones en sus municipios, acceso a educación, etc). El conflicto, por tanto, ha profundizado las ya enormes inequidades que aquejan al país. Cabe esperar que una eventual reducción de su intensidad tenga un enorme impacto económico sobre esa parte de la población y las regiones, y contribuya a cerrar muchas de las tercas brechas que hacen que Colombia no sea uno, sino muchos y muy diferentes países. Seguramente traería también un rédito para el agregado del sector productivo, aunque éste no sea ni el más importante ni el más masivo de los beneficios de una hipotética pacificación.
    Vale también recordar lo ya dicho en la primera entrega de esta nota: ni la firma ni la aprobación popular, ni siquiera la efectiva implementación del acuerdo de la Habana, hacen que el conflicto y sus costos desaparezcan como por arte de magia. Conocer los costos del conflicto, algunos de los cuales han sido analizados por los estudios resumidos en esta nota, sólo nos da una idea de los beneficios potenciales de llegar a la paz. Otros elementos de juicio serán necesarios para que cada quien estime cuánto de ese camino se puede recorrer aprobando los acuerdos de la Habana.
    Por Marcela Eslava (quien escribió esta nota, y es responsable por todas las interpretaciones que en ella hace de las investigaciones reseñadas), con insumos y ayuda proveídos por Diego Amador, Leopoldo Fergusson, Marc Hofstetter, Ana María Ibáñez, Jorge Higinio Maldonado, Andrés Moya y Hernando Zuleta.

    Referencias (algunas con links al documento de trabajo o su resumen):
    Arias, María Alejandra, Adriana Camacho, y Ana María Ibáñez,  2014. “Costos Económicos y sociales del conflicto en Colombia. ¿Cómo construir un posconflicto sostenible?”
    Camacho, Adriana and Catherine Rodriguez. 2013"Firm Exit and Armed Conflict in Colombia" Journal of Conflict Resolution 57(1) pp.89-116. doi:10.1177/0022002712464848
    Fergusson, Leopoldo, Dario Romero & Juan F. Vargas, 2014. "The environmental impact of civil conflict: The deforestation effect of paramilitary expansion in Colombia," Documento Cede 2014-36.
    Gómez, Laura Beatriz y Hernando Zuleta, 2016. “Conflicto, Sectores, Regiones y Crecimiento”. Trabajo en progreso.
    Hofstetter, Marc. 2016. Paz y PIB. Documento Cede 2016-19.
    Maldonado, Jorge Higinio, Rocío Moreno-Sánchez , Sophia Espinoza, Aaron Bruner, Natalia Garzón  y John Myers . (2016)  “Mucho más que palomas: beneficios económicos del acuerdo de paz en Colombia a partir del turismo de observación de aves.” Trabajo en progreso.