www.eltiempo.com/, 21 de junio 2020
Por: Ricardo
Ávila
Más allá de las millonarias ventas generadas, el día sin IVA llevó a que miles de personas olvidaran el riesgo de contagio del covid-19. Foto: Jáiver Nieto. EL TIEMPO
Las malas ideas que amenazan con profundizar la crisis actual del país están en boga.
Desde cuando a finales del año pasado la
administración Duque planteó la iniciativa de tres días sin IVA como manera de
“endulzar” la reforma tributaria que acabaría siendo aprobada por el Congreso
en diciembre, los especialistas expresaron sus dudas respecto al mecanismo. Aun
así, el Gobierno se salió con la suya bajo el argumento de que los consumidores
serían los grandes beneficiados, mucho antes de que el covid-19 estuviera en el
radar de nadie.
Las críticas originales fueron
reeditadas el viernes, junto con las alarmas que sonaron por las aglomeraciones
en un buen número de almacenes de cadena, en donde los principios del
distanciamiento y el autocuidado quedaron sepultados por la avalancha de
compradores. Como dijo Marcela Eslava, decana de Economía de la Universidad de
los Andes, “la iniciativa era mala desde el comienzo, porque no incrementa la
actividad económica, sino que la concentra en una jornada y en cambio le quita
al fisco los ingresos que esa actividad le genera”.
Aunque sus promotores insisten en que el experimento sirvió para darle aire al
comercio y aliviar el bolsillo de los ciudadanos tras la dura prueba del
confinamiento, las dudas saltan a la vista. El análisis entre beneficios y
costos no deja en evidencia un saldo positivo para la sociedad en su conjunto y
menos si en un par de semanas el número de contagios vuelve a empinarse.
Además, hay mensajes que bien pueden calificarse de perniciosos. “Estas
estrategias envían también la señal de que los impuestos son una cosa mala, que
se puede obviar”, agrega Eslava.
Observados con un lente más amplio, ejemplos como el señalado corresponden a
una categoría especial. Podría decirse, incluso, que aquí hay un caso típico de
populismo, en donde supuestamente en aras del bien común se acaba privilegiando
solo a unos cuantos.
“Las personas que vimos comprando en los medios de
comunicación no son representativas de la realidad nacional”, anotó Camilo
Herrera de la firma de investigaciones.
El libreto usual
Cualquier conocedor de la realidad sabe
que desde que el mundo es mundo, los gobernantes de turno buscan congraciarse
con sectores específicos de la opinión, sobrepasando en repetidas ocasiones los
preceptos del buen manejo de lo público. Colombia no es la excepción a esa
norma, como se vio en la época de la Nueva Granada. José María Melo ocupó el
poder brevemente en 1854 al dar un golpe de Estado con el apoyo de los
artesanos de Bogotá que buscaban a alguien que les cerrara la puerta a las
importaciones.
No obstante, los historiadores aceptan que más allá de excepciones ocasionales
o puntuales, hemos optado usualmente por la línea de la ortodoxia tras la
guerra de los Mil Días, al menos en el manejo económico. La fundación del Banco
de la República en 1923 sirvió no solo para acabar con décadas de inestabilidad
institucional, sino para formar una tecnocracia apegada al buen manejo de las
finanzas y el gradualismo, de donde han salido quienes han ocupado altos
cargos.
Quizás por ello, aquí no se vieron los excesos que caracterizaron a América
Latina durante un buen tramo del siglo pasado. Aparte de altibajos moderados en
diversos indicadores, la hiperinflación brilló por su ausencia, al igual que
los ciclos extremos de auges y caídas en el producto interno bruto. Fuera de
distinguirse por pagar sus obligaciones a tiempo, el país registró la segunda
tasa de crecimiento más alta de la región a lo largo de los pasados cien años.
Las cosas, sin embargo, parecen estar cambiando. El motivo es que las
propuestas demagógicas se encuentran de manera recurrente en todos los
segmentos del espectro ideológico, desde la izquierda hasta la derecha.
De tal manera, los analistas externos se sorprenden cuando saben que
parlamentarios del Partido Conservador tienen enfiladas sus baterías contra el
sector financiero, mientras que el Centro Democrático ha sido amigo de una
prima adicional en favor de los empleados, que encarecería los costos laborales
de las empresas. Que el liberalismo haya buscado bajar el precio de la gasolina
o que el Polo Democrático critique los tratados de libre comercio despierta
menos gestos de sorpresa.
Pero más allá de un recuento de las plataformas de cada colectividad, el
mensaje central es que el número de malas ideas con probabilidad de convertirse
en ley de la República o decreto presidencial viene en aumento. Aquel refrán
que sostiene que el camino del infierno está empedrado de buenas intenciones
–que no siempre son buenas– se trae a colación con más frecuencia.
El viento ya soplaba en esa dirección desde antes del coronavirus. Referentes
globales como Estados Unidos rompieron con tradiciones que se creían
inamovibles cuando sus ciudadanos escogieron a Donald Trump, quien llegó al
poder con una retórica divisiva en contra de las élites urbanas, los
inmigrantes y la globalización.
Ahora, con la pandemia, el terreno está abonado para que aparezcan las
soluciones facilistas. Pocos quieren escuchar que el camino de la recuperación
será largo y tortuoso, entre otras porque el covid-19 está lejos de ser
derrotado. En cambio, son más atractivas las gratificaciones inmediatas, así
cualquier persona racional sepa que la solución a sus problemas no consiste en
comprar con descuento un televisor de 70 pulgadas.
Del lado de los negocios, se impone igualmente una mentalidad de corto plazo.
Los comerciantes saben que anticipar ventas sirve para aliviar una situación de
caja difícil, a pesar de que su facturación va a desplomarse en los meses
siguientes, con excepción de los días sin IVA que faltan. Y no deja de ser
llamativo el entusiasmo de funcionarios como el director de la Dian, quien
celebró los cinco billones de pesos en transacciones, a pesar de que la entidad
a su cargo verá caer los recaudos en casi la quinta parte de esa suma.
Una lista que crece
Lo ocurrido trae a colación una columna
de Moisés Naím en la cual el analista señala que “los gobernantes siempre se
han mostrado vulnerables a la seducción de las malas ideas”, que son aquellas
que ahondan las dificultades en lugar de solucionarlas. Y agrega: “La creciente
presión para responder con rapidez y audacia a los problemas –muchos de ellos
sin precedentes– ha acentuado esa fragilidad”.
Una mirada a las propuestas que aparecen en los medios de comunicación muestra
que hay iniciativas de viejo cuño que se reciclan y otras que aparecen de la
nada. En el primer grupo están aquellos que piden no pagar la deuda pública o
posponer el servicio de la misma hasta que se supere la emergencia.
Destinar los recursos que se les giran a los tenedores de bonos a los bancos
internacionales para aliviar la situación de quienes la están pasando mal suena
muy atractivo. Pero basta con mirar experiencias como las de Argentina, para
concluir que el cierre de puertas en los mercados financieros internacionales o
las mayores tasas de interés exigidas para conceder un crédito lleva a que el
costo sea más elevado.
Con las personas pasa algo similar. Fomentar la cultura del no pago es
peligroso para las personas y la economía en general, porque hace más tortuoso
el camino de la recuperación. Incluso iniciativas que lograron un apoyo cerrado
en el Congreso, como la llamada ley de borrón y cuenta nueva, traerán
consecuencias indeseables, al obligar a los bancos a ser más cautelosos,
promover el conocido ‘gota a gota’ y llevar a que justos paguen por pecadores,
pues tiende a penalizar a los deudores juiciosos.
Tampoco está exenta de peligro copiar una iniciativa parlamentaria que hace
carrera en México y que consiste en fijar la tarifa máxima del IVA en 10 por
ciento. Como observó el presidente de Anif, Mauricio Santamaría, “antes de esta
coyuntura ya teníamos un déficit importante que ahora se amplió de manera
sustancial. Tapar ese faltante será obligatorio si queremos salir más rápido de
dificultades”.
Dicho comentario tiene relación con la decisión del comité de la regla fiscal
de suspender durante este y el próximo año la fijación de una meta respecto al
desequilibrio de las finanzas públicas. Aunque los eventos de 2020 son
extraordinarios, una cosa es contar con una licencia temporal para subir el endeudamiento
o manejar un saldo en rojo elevado y otra es recibir un cheque en blanco, en
medio de enormes presiones sociales y políticas.
El peligro de un endeudamiento desbordado está presente. Un cálculo del
Ministerio de Hacienda dice que las acreencias del país llegarían al
equivalente del 66 por ciento del producto interno bruto este año, 15 puntos
porcentuales más en diciembre. En caso de que no haya una estrategia creíble
para ponerles límite a esas obligaciones, podríamos entrar en un escenario de inestabilidad
muy negativo.
Una mirada a las propuestas que aparecen en los medios de comunicación
muestra que hay iniciativas de viejo cuño que se reciclan y otras que aparecen
de la nada
La mayor tentación
Entre los cantos de sirena que suenan
por ahí, hay dos que merecen consideración especial. El primero es regresar
abiertamente al proteccionismo, imponiendo barreras unilaterales a la entrada
de productos de afuera.
“Cerrarse al comercio internacional es una forma rebuscada de buscar la
reactivación a riesgo del consumidor, limitándole la libertad de elegir y
desechando el acceso a mercados potencialmente vitales en situaciones de
escasez a las que la emergencia nos enfrenta”, opinó Marcela Eslava. A lo anterior
se agrega la probabilidad de que las exportaciones colombianas se vean sujetas
a restricciones, justo cuando la necesidad de divisas es apremiante.
De otro lado, son notorias las críticas a los intentos de meterle la mano al
dinero de los ahorradores que manejan los fondos de pensiones. Un decreto
emitido durante la primera emergencia económica abrió una puerta que se limitó
posteriormente, pero que dio pie a otros esquemas posibles.
El primero es permitir que las personas hagan retiros de sus cuentas
individuales, tal como pasó en Perú un par de meses atrás. Aunque popular, la
medida llevó a que se disparara la adquisición de bienes de consumo, una
gratificación que será onerosa en unos años cuando esas mismas personas
descubran que se van a retirar con una mesada sustancialmente menor.
Más peligroso todavía es el proyecto de ley que autorizaría el cambio de
régimen para aquellos que están a menos de diez años de la edad de retiro. Dada
la cantidad de demandas que existen para pasarse a Colpensiones –unas 30.000,
según los conocedores–, resulta lógico pensar que la presión irá en un solo
sentido.
A corto plazo, la estampida les serviría a las cuentas públicas porque vendría
con un giro de recursos importante. El problema es que dado el elevado nivel de
subsidios que caracteriza al régimen de prima media, al paso de unos años el
horizonte fiscal sería mucho más oscuro.
“Aparte de que sería un endeudamiento muy caro para financiar la crisis, ese
sobrecosto lo pagaríamos todos en el futuro a través de mayores impuestos”,
anotó Santamaría. “Como si eso fuera poco, sería un golpe muy duro a la
estabilidad jurídica, que además reduciría el ahorro nacional en forma
significativa”, agregó.
Tales advertencias son un campanazo de alerta que vale la pena escuchar. Aunque
las malas ideas han existido siempre, la presión del populismo y la propia
impaciencia de la ciudadanía llevan a que lo que hasta hace poco parecía
inconcebible, comience a ser considerado como válido por los gobernantes de
turno.
Por tal motivo, no está de más recordar que aquellos que están en el poder
tienen una indeclinable responsabilidad frente a la coyuntura, pero también
ante lo que traiga el futuro. Utilizar malas recetas ahora puede llevar a que
el resto de la presente década sea aún más difícil de lo necesario. Peor aún
sería caer en un círculo vicioso, similar al que se ve en algunos de nuestros
vecinos.
En medio de ese contexto, el día sin IVA acabará pareciendo casi anecdótico.
Aun así, el tránsito por el camino equivocado siempre comienza con varios
pasos. Ojalá sepamos cambiar de curso antes de que sea tarde.
RICARDO ÁVILA
Analista sénior
Especial para EL TIEMPO
Reflexiones al tema pensiones